Karen Hao, periodista galardonada y autora del libro Empire of AI, lanza una advertencia contundente sobre el desarrollo desmedido de la inteligencia artificial.
Su investigación revela que las grandes empresas tecnológicas están construyendo una red de poder que recuerda peligrosamente al colonialismo, explotando recursos y comunidades en todo el mundo.
La ambición sin límites de OpenAI
Sam Altman dejó a todos con la boca abierta hace unas semanas. El CEO de OpenAI anunció planes para construir 250 gigavatios de capacidad en centros de datos para 2033.
Para que te hagas una idea, es lo mismo que consume toda India. Y eso no es todo… se estima que esto podría costar $10 billones de dólares.
Lo más preocupante es que la mayor parte de esa energía vendría de combustibles fósiles. Hao insiste en que esta escala de expansión es «técnicamente innecesaria». Tendríamos IA igualmente, pero las empresas han vendido la narrativa de que necesitamos estos megaproyectos para avanzar.
Cuando el agua escasea y las comunidades se levantan
En Chile ocurrió algo revelador. Google intentó instalar un centro de datos de $200 millones de dólares en Santiago, pero no contó con la resistencia local. Los activistas del agua se enteraron del proyecto casi por casualidad – alguien les dio el pitazo.
La comunidad se organizó rápido. Fueron casa por casa explicándole a los vecinos qué significaría tener ese centro de datos.
Les hablaron en términos sencillos sobre el agua potable que consumiría – 7.6 millones de litros diarios. La movilización fue tan efectiva que lograron pasar un referéndum para bloquear el proyecto.
El caso no terminó ahí. Escalaron hasta las oficinas de Google en Mountain View y presionaron al gobierno chileno. Hoy existe una mesa redonda donde residentes, activistas y empresas tecnológicas deben discutir futuros proyectos. Una victoria notable para el poder ciudadano.
El lado oscuro de los chatbots
Cada vez que un chatbot hace algo – lo que sea – hubo un humano que le enseñó. Y aquí viene lo turbio. Las empresas buscan trabajadores de habla inglesa en países donde pueden pagarles muy poco. India y Filipinas son blancos obvios por su historia colonial con Reino Unido y Estados Unidos.
OpenAI contrató una firma india para hacer moderación de contenido en sus modelos de generación de imágenes.
Los trabajadores tuvieron que revisar imágenes horribles generadas por IA, día tras día. Las condiciones son explotadoras. Muchos no saben ni para quién trabajan realmente, ganan apenas unos dólares al día o por hora.
¿Quién ganará la carrera de la IA?
Estados Unidos tiene su modelo de big tech y poder concentrado. China apuesta por incentivos estatales y control narrativo. Europa intenta regular con cuidado, aunque ahora hablan de relajar estas medidas.
Sin embargo, Hao ve algo fascinante. En entornos con recursos limitados, la innovación florece de forma diferente.
Investigadores africanos, latinoamericanos y chinos están creando IA especializada para resolver problemas reales. Por ejemplo, modelos pequeños que predicen cuándo fallará un equipo de la red eléctrica, evitando apagones.
Silicon Valley se ha vuelto «intelectualmente perezoso» según Hao, por tener demasiado capital y recursos. Ya no piensan en cómo resolver problemas prácticos que mejoren vidas.
Regulación que funcione de verdad
El fracaso con las redes sociales debería enseñarnos algo. Pero regular la IA va más allá de controlar cómo se despliega. También se trata de cómo se desarrolla desde el inicio.
Las empresas estadounidenses han estado «aspirando» datos de propiedad intelectual sin ningún freno. Los gobiernos deben intervenir. Estados Unidos necesita urgentemente una ley federal de privacidad de datos.
Los centros de datos también requieren regulación ambiental. Cada país debe decidir qué terrenos permite usar, cuánta energía está dispuesto a destinar, cuánta agua dulce puede sacrificar. Y resulta que muchas regulaciones ambientales ya existentes aplican perfectamente a la industria de la IA.
El futuro después de la burbuja
Hao no se anda con rodeos. Hay una burbuja enorme. Y cuando explote, podría devastar la economía global.
Pero hay dos caminos posibles después del desastre. El primero lo aprovechan autoritarios y oportunistas corporativos para instalar más vigilancia, erosionar derechos humanos y privatizarlo todo.
El segundo es como el ave fénix que renace de las cenizas. Podríamos construir algo fundamentalmente mejor, instituciones más resilientes basadas en lo que realmente importa para el florecimiento humano.
Todo el trabajo que hacemos ahora – activismo, periodismo, organizaciones sin fines de lucro, trabajo gubernamental – determinará qué camino tomamos.
Fuente: Reuters